domingo, noviembre 01, 2009

Monotonía


Se me encarnan los dedos a la cabeza de tanto apretarla para aquietar esta desesperación (supongo que ya es crónica). Y ya no sé, si lo que tengo es lindo de lo intenso, nunca aprendi la diferencia entre intensidad y tormento.
Ya se que acá es cuando me tengo que callar, pero afilo, clavo, empujo y giro, y mirando de reojo me voy. Para lastimar seamos clásicos de los 90, el resto, como siempre de vanguardia (y la vanguardia es siempre igual, mas de lo mismo), como el día en que nos enamoramos, como las canciones que escuchamos, las zapatillas que usamos y las cosas que decimos hacer.
Ahora llamá, sacame de acá que entre tanto lío no se que hacer, que me despeino de mas y sigo sin poder sacar las manos de mi cabeza. Rescatame, que todavía tiemblo como ese martes en Lerma y Tucumán, y decime esas cosas de la forma mas natural, que suenan a mentira de a ratos, de tan sentidas que las escucho. Habla hasta que me duerma con las orejas oxidadas de escuchar siempre lo mismo y sueñe que bajo una nube encontre mi libertad, justo justo cuando creía que me estaba escapando de todo esto.
Ayudame POR FAVOR, que mañana es lunes y necesito achicar los gastos, este mes se me fue la mano con las cuotas de incertidumbre.




*La foto es un dibujo de Juan Pablo Camarda: http://e-librito.blogspot.com.

viernes, julio 31, 2009

4:28 am



Más que dormido parecía muerto, en las sábanas no había más que pelusas y alguna que otra marca que quedan después de los revuelcos entre dos. Costaba respirar, el aire de esa noche se había terminado hacía un buen rato en ese cuarto inmundo. Emitió un sonido que duro poco mas de un segundo, podría ser un mal sueño, pero no. Eran las 4:28 de la madrugada, y el frío lo obligaba a la posición fetal, repito, respiraba tan suave que parecía muerto, la maraña de pelos dejaba ver dos lunares en su nuca, y las manos se escondían bajo la almohada, otra cosa que ocultar además de lo que pasaba en ese momento en su estado. Sin aires de grandeza lo considero talentoso a la hora de conciliar el sueño. Acuartelado en el centro de la cama, sin dejar espacio a nadie mas, apoderado rey y señor de las colchas, egoísta no se pensaba despertar ni aunque ese sucucho de mierda ardiera como el infierno.
Sin necesitar de pastillas, pareciera que su conciencia era única y virgen como la de un pibe de dos, no le afectaba el pasado de ese colchón viejo, las sábanas manchadas o el olor a vaho. Ni un ruido. Daba envidia verlo, daban ganas de tirarlo de ahí y arrastrarlo a la realidad, que poco y nada le iba a importar, el sueño es mas importante que cualquier deuda, el clima, la economía, la desnutrición, la muerte de un pendejo en el San Bernardo, el discurso de Cristina o mi mal de amores. A él no le importa nada, más que él y su habilidad para el sueño.

miércoles, julio 08, 2009



Del placard salen ruidos que dan miedo, las cortinas que acostumbrabana a tapar el sol ahora esconden las cosas que nadie entiende pero huelen en el perfume que llevamos. Las ventanas bien cerradas, las uñas bien afiladas, las cabezas tibias y aquellos malos tragos que se comparten pensando en que injusto resulta equivocarse de los impulsos, que aquí adentro falta el aire, y me asusta leer en el diario las miradas las personas que no saben lo que significa en mi un simple choque de planetas. Son objetos que se cruzan en el camino, y se te clavan a la sien como pedazos de metal viejo que se pueden soldar; te lastiman al verlo, te oxidan, te desvalorizan un poco mas. ¿Y que hay, valer un poco menos otra vez?
No quiero salir, no me saques hasta que se enfríe ese desayuno por error, esa llegada tarde, esa excusa, ese impulso y esta sensación de que equivocarme es lo mas intenso que me paso en los últimos días.
Buenas noches y hasta luego. Mañana hay leche chocolatada de nuevo en tu isla donde ya nada puede intervenir.

martes, junio 09, 2009

mediocre pero (in)feliz


Los miedos tibios, con los pies helados rompiendo el equilibrio, la taza que humeando se distrae entre las venas, que no bombean nada. Puede que sea que se me revelo el archivo de recuerdos viciados que encarnados en el corazón, decidieron manifestarme la negación y aparecen para recordarme que no sirvo para vivir aquí.
¿Acaso, las frecuencias de viento que bajan del teleférico me empujan a dejar de sentir? Todo me transmite, me comunica, me avisa que se viene un abandono en camino y sigo sin hacer nada (por sentir), quieta, inmunda de angustias dejo que todo se vaya apilando al frente mío, (y pienso/imagino) que en algún momento se va a desmoronar, y de un rejunte de cosas, se inventara otra, y así, mil etapas atadas con alambre, algunas quemadas, otras asustadas se sienten en una sala de espera en la guardia de un hospital.
Diagnosticada con una receta que pide un remedio para dejar de esperar o empezar a hacerlo de una buena vez, me desquito acá, me quejo de que no tengo sentido, ni aspiraciones, inteligencia, belleza o cualquier cosa que me destaque en este mundo.
Y si para alguien soy, que me secuestre, me rapte y me lleve donde no me sienta tan perdida. Y cuando me encuentre, me clasifique y me inserte, me invente un mundo de mentira, donde al menos, cinco minutos me sienta parte de, me sienta normal, cotidiana, humana, inocente, sin penas, con glorias, como alguna vez me hicieron creer, ya en circulación, volviendo a vaciarme en alguien, sintiéndome parte.

martes, abril 21, 2009

Zuviría al 1700....




El mismísimo Diablo me ato las manos, me sorprendió a altas horas de la noche, saltando por la ventana, con un traje negro abotonado con cristales y un vistoso collar dorado con una sufrida virgen colgante, imagine sería de puro sarcasmo. Se distinguían sus orejas puntiagudas saliendo bajo su peinado moderno. Quién diría, centenares de años, y el todavía ocupándose de su apariencia, si no fuera El, tan colorado y pintado, sería el dueño de varios miles de suspiros mortales al pasar.
Me subió a un taxi y me llevo abrazada como si el secuestro fuera no más que la fuga de dos cómplices que se quieren ir lejos de los ruidos vecinos, un taxista callado esperaba, sosteniendo nervioso el volante, cualquiera diría que algún ser extravagante merodeaba cerca al verle la cara flaca, desgarbada mirar fijo al farol de la esquina, como pidiéndole auxilio a una mortecina luz de bajo consumo.
Y yo, sentada, con sus brazos flacos hundidos en mi espalda, como apuñalada, lo seguí olvidándome las ganas de gritar entre las sábanas y las pantuflas. Dude en pedir permiso para cerrar la puerta, pero me tranquilice sabiendo que ya nada podía estar peor, al irme a la eternidad con el compañero mas detestado por todas las clases. “Zuviria 1739” – dijo con voz punzante y arrancamos.
Y me anime a preguntar, ¿Por qué a mi? Si yo no andaba en esas cosas turbias a donde llaman a los espíritus, y que jamás se me había cruzado por la cabeza tener esta cita tan particular, a mí que siempre puse en duda que esta enemistad entre el iluminado y el dueño del dolor sea cierta, de la escuelita del dudoso, del molesto preguntón, del renegón de las historias populares, del amargado que todo critica, y ahí estaba, siendo apuñalada por la mismísima podredumbre de los miedos mediocres.
Se quedo callado y sonrío, cruzamos la avenida, fuimos hasta el Norte, llegamos a un bar, bien llamado borrachería, y se pidió un trago de los mas jodidos. El tipo de la barra parecía más endiablado que el mismísimo escolta, abrió su bocota y llamo a un señor gordo y fiero como el solo, agarro un par de hielos, vodka, y un cuchillo. Puso su mano izquierda sobre una tabla de madera, apretó los ojos y cortó el índice y el pulgar, sin limpiar, apoyo el vaso en la tabla, y termino la mezcla. Agradecido, Magoya tomo el vaso y me ofreció darle una probadita, con sus ojos vehementes y venosos entre mis cejas dije que no, tragando una saliva espesa y fría, pensé que la fiebre me perforaba los sesos.
“Tráele una Coca con limón y una Cafiaspirina a ver si se nos despabila”, con la mano todavía chorreando, sin mosquearse por un dolor, que imagine seria terrible, busco en una heladera al fondo, lo que le fue pedido de una forma autoritaria y cortes. Por mi garganta no pasaban más que nudos, y el gas entorpecía más los nerviosos sorbos a ese vaso viejo. En el barsucho parecía todo normal, menos mi comportamiento, algunas guapas me miraban nerviosa y comentaban entre ellas, dude dos segundos de si hablaban de mi piyama tan viejo o de mi pelo enredado tras la lucha con la almohada, la voz de mi compañero dividió el pensamiento y me trajo de vuelta.
“Te llevo a casa, conmigo de nuevo, donde vamos los que no aprendemos mas, los que nadamos viviendo y causando dolor, donde la angustia es normal, donde la felicidad se disputa como un plan trabajar, te moldearon a mi imagen y semejanza. Se te escapan las chispas de los ojos y en cualquier momento te sacan la ficha.
Tranquila flaca, como vos hay muchas, no te me hagas el bicho raro, que borregas como vos, en mi reino sobran, las usamos como administrativas, tienen buenos sueldos, algunas se casan con los de la inteligencia y viven en los barrios mas caros del infierno. Es como en todos lados, todo funciona igual, eso de que el infierno es rocoso e incómodo es un mito urbano, esta buena la ciudad, hay varias cosas que te van a llamar la atención, ya vas a ver. Al principio, lo que mata es el calor, pero con el tiempo, y como a todo, te acostumbras… Tranquila, no tiene nada de malo, termina ese vasito y vamos, que tenemos una noche entera de viaje”

lunes, marzo 30, 2009

Si supiera yo.


Tenía los dientes alineados perfectamente, como si dieran batalla en cada sonrisa volviéndola dura, contrarrestada por los labios, se escondía una ternura obligadamente omitida.
Esa nariz hace que se caiga de maduro que los años son pocos un poco tercos, simples, de pelota y fines de semana al sol, condicionado por algunos problemas, a veces el cansancio lo hace parecer un viejo, renegón, algo podrido de tanto esperar que llegue algo bueno.

Ese colorado en los cachetes deja claro que el aire lo va erosionando, raptando ideas de los poros, arponeándolas, tirandolas por la borda de su cuello, ancho, tallo. La matemática de sus pelos, hasta diría un número y al contarlos sería esa cantidad. Siempre castaños, prolijos, apantanando las ideas sin dejar de ser cómodos.
Un brillo le raja la cara al medio, los ojos, volando tamaño almendra, dicen mas que las manos, entreabiertas en cada dialogo, bailando al compás de las palabras, que las buscan antes de caer al piso gracias al rechazo de alguien que no lo escucha. Esa voz, tan discreta, chillona pero agradable, es difícil de interpretar las primeras cien veces, se le escapa; dice, dice y dice… Seguramente por la mañana se va a echar atrás.

Por la forma de ubicar las cejas, se entiende que no le es fácil ser, que los asombros lo azotaron muchas veces, que lo tomaron por estúpido, y descartó la ingenuidad como a una botella vacía. Por las orejas que le enmarcan la cara tan rígida y sobradora, entraron mil canciones, palabreríos, falsos amores, y algún que otro suspiro.

Por las pestañas casi invisibles se mezclan los tonos de colores entre los rojos de las venas, el delineado de los ojos y el nacarado bajar de sus párpados

Y él sabe que lo miro, pero se hace el tonto, sabe que estoy esperando un paso en falso, pero es muy cobarde y no camina. Sabe que le dibujo una sonrisa para que me hable, pero no se anima, que me encamino a la decepción, y al parecer poco le importa, y hasta parece que espero demasiado. Sabe que quiero que revolotee con sus discursos por mi cabeza, pero no quiere. Y sabe que me canso de mirar, de esperar, sabe que del cansancio al olvido hay dos colectivos.

martes, marzo 17, 2009

La culeada...



Usted ve todo mal porque tiene la vista así. Dice que las mujeres se hacen a golpes y deja que Francisco me pegue. Ve cómo rompo las tazas cuando estoy enrabiada y me mira mal, que por qué hice eso, me pregunta, que eso no se hace, me dice.

Por eso creo que el problema está en sus ojos; en el adentro de sus ojos. Allí, por esas viboritas que le hacen de venas o músculos, por esos cables que atan sus ojos a su cerebro y le hacen trastabillar las ideas.

Mira cuando subo a bajar las bolsas de afrecho y dice: la mujer se hace a golpes, mientras ve cómo me caigo. Por las noches, cuando pega su oído a la puerta, escucha mi grito apagado en la almohada y los gritos de chancho lleno de Francisco y se siente contenta. Se siente así porque no es la que está allí. Cuando por las mañanas tengo mis ojos con sombra, dice que me maquillo y no que son moretones de sopapos.

Yo creo que tiene los ojos dados vuelta, hacia atrás, y se mira y se retuerce viéndose toda negro adentro, como víspera de tormenta, como en esos sueños desbarrancados que uno cae en el pozo y amanece bajo el catre.

Pero cuando ve al Pancho saliendo de mi atrás, abrochándose el pantalón y secándose el sudor con olor a cochinada, usted se relame esa su boca sin dientes y se le encienden los ojos enrevesados.

Por eso pienso, cuando él me abre de atrás, como destajando sandía, cuando me hace mojar la sábana con mi sangre y mi saliva, que usted también pasó por esto. Pienso que extraña a papá haciéndole así o que le da pena que él ya no esté, desde que murió atragantado con locro, mientras hacían eso, y no tiene a quien latarle toda la rabia que le entró.

Pienso que extraña no el gusto sino la costumbre del dolor que le solía arrancar tajos de su grito en esas siestas en las que me mandaban a lo de Erótida.

No pudo vengarse de él por sus desgarraduras y se venga de mí. Quiere partir su dolor de antes y tirar sobre mi dolor de ahora, de pura egoísta que es nomás.

Eso pienso porque no me hace caso cuando le grito, sin palabras, con mis ojos, para que me ayude, que me socorra y sólo encuentro sus ojos que se escapan y entonces, mejor, quedo callada, mirando el piso, que aunque sucio, me escucha no diciéndome nada, no mostrándome de vuelta mi cara como usted lo hace.

Yo veo en su cara mi cara y me asusto, tengo vergüenza de mí. Después veo esa misma vergüenza en la cara de los vecinos, cuando me ando por la calle y me miran fiero.


Fragmento de "La Culeada" Obra de Teatro que ví el fin de semana en el Aristene Papi, interpretada por Grisel Nicolau... Me mantuvo la piel de gallina durante los 35 minutos que dura la obra... Después de eso, el sabor amargo, y las ganas de abrazar a Grisel, por maravillosa. Y un vacío general, tendrían que verla, rompiendome la cabeza con un collar de perlas, un par de zapatos, una peluca y una muñeca... Tendrían que verla...