viernes, enero 24, 2014

Cant hold back the ghosts

Eduardo Arias se murió no tengo idea del año, pero si se dejó una familia llena de cobardes que se reunía usándolo como mediador, aunque no tenía ánimos de ser el centro de nada sin querer asumía ese puesto dominguero para que todos nosotros, inútiles, chantas farsantes, ultraconservadores vayamos a la casa de Cerrillos donde vivía con "La Pepé" a atorarnos de empanadas, tomar cerveza y hablar de política a los gritos. Es entendible, esos domingos eran un circo patético del que nadie quisiera ser partícipe, visionario él, que se cago en todos y se murió antes que nosotros para dejarnos ser mierdas en paz, aunque el precio deber ser alto, si hay cielo el pobre hombre debe estar muy embolado, todos ahí tienen la conciencia tranquila.

Se que se murió hace mucho, no me quisieron llevar al velorio, ni al entierro pero igual fui sin saber nada, porque al ser tan piba nadie me decía nada. Le toqué los cachetes cuando estaba en el cajón, fue impresionante porque estaba frío, quieto, muerto, con las manos a los costados.
No tenía paz ni muerto, en su féretro tenía que lidiar con nuestros pesares, lamentábamos las cuentas pendientes, que fastidio tener que estar como en una puesta en escena para que todos lloren y no lo dejen en paz por varios días. Más él, seguro que no hubiese querido ponerse traje, hubiese dado de alta a todos sus pacientes para que no queden con esa sensación de angustia al saber que su psiquiatra no va a estar en la próxima sesión. Se habría librado de nosotros sin dejar que nadie se acuerde de él, para irse tranquilo y borrarse de la cabeza de uno, hasta ser un punto inexplicable en nuestra conciencia.
Tengo la imagen que me vuelve en algunos momentos, mi abuelo ya no era mi abuelo, era un cadáver iniciando el proceso de descomposición. Se murió durmiendo, no apagó el despertados a cuerda amarillo, no se levantó a lustrar sus zapatos y eso que dejó el betún y el cepillo listos para nunca más usarlos. Quién sabe por cuánto tiempo habrán quedado sus cosas ahí, quién sabe cuándo mi abuela se habrá despojado de su repisa, sus caramelos de eucalipto, su set de carpintero frustrado o sus ganas de fumar a escondidas.
Algo mal le salió, las cuentas pendientes fueron creciendo con la cantidad de decenas de años que este tipo está tocando la lira, y nosotros con nuestro último recuerdo de las personas que queremos: un cajón que baja a un hueco para que después los empleados del cementerio le tiren tierra hasta taparlo. ¿Por qué a él?
En esas cosas necrofílicas, la abuela decidió exhumar su cuerpo, desenterrar el cajón y ponerlo en un horno. Bestia enferma abusando del poder, pagar para joderlo al punto tal de desenterrar al tipo, con todo lo que eso representa y ponerlo a cocinar como si diera lo mismo eso que dárselo a un animal carroñero,  esos huesos con pedazos de cartílagos, intestinos, ropa en estado de descomposición que con el correr de las horas se van a volver un par de cenizas que van a meter dentro de una caja volviendo a sacar a la luz los lamentos de los que aquí nos quedamos. La razón para que el finado se vuelva ceniza es bastante sensata para la familia, y es que cuando la abuela Pepé se muera, nadie va a cuidar su tumba. Todo contradice la palabra del Señor que esta señora tanto predica, alterar el orden natural de las cosas es un pecado, más cómodo sería rezar para que su alma no la pase para la mierda.
"Cadáver refiere al cuerpo abandonado por la vida; difunto recupera al que se fue y olvida al cadáver." (...)
La breve vida del cadáver es el único tiempo en que el cuerpo sin vida tiene la palabra. Ese momento —mágico si los hay— en que el enigma de los enigma nos habla, casi siempre el cadáver lo pasa entre extraños (policía técnica, camilleros, patólogos, empleados de funeraria)
(...)
En algún momento, en las idas o vueltas al laburo en bicicleta me di una pasada a visitar al muerto, que por esas contradicciones de la vida está enterrado en un cementerio que se llama “La Paz” - o algo así- que está sobre ruta que va al aeropuerto donde se encuentra la ciclovía. Me acuerdo el camino a su tumba desde el día que lo metieron ahí adentro. Nunca le dejé una flor o una señal de visita en realidad nunca tengo un mango, y si tendría le dejaría un vino o una botella de birra, con un fragmento de un libro, pero sería medio al pedo. La intención era sentarme ahí a pensar en él, para liberarlo, porque esa es la única justificación que le encuentro al irse tan sanamente, se murió para liberarse de todos nosotros ese viejo sabio, habría que dejarlo de joder y olvidarse de él de una buena vez por todas, habría que olvidarse de los muertos, o morirse antes.

El fragmento es de Ercole Lissardi - El Centro del Mundo.

2 comentarios:

Diego Maita dijo...

Además del abandono burocrático al que paulatinamente vamos sometiendo a nuestros cadáveres (de ahí la sensatez de Abuela), es mejor ser polvo, así. Vos quizá te cagas en esta época en ciertas cosas, pero nunca me voy a olvidar que, cuando murió un tío muy querido, un maestro de yoga (mi maestro en esas épocas), con posterioridad me decía: "tienen que cremarlo, sólo así va a ser libre". No le deseo la muerte a mis abuelos, para nada, pero el día que ellos se mueran (son quienes tienen la tutela del corpse), voy a hacer lo mismo; sacarlo del basurero de cadáveres, quemarlo y tirar sus restos en un lugar lindo (le gustaba mucho la Caldera). Eso si los gusanos me dejan algo. Salú!

Goia Bustamante dijo...

Maita! siempre ahí vos, gracias. Vá mas allá de la crítica. Es una sensación, ¿Qué diría el viejo ante todo esto?